Los 18 días en qué Líbano aguantó la respiración

Hariri volaba para Arabia Saudí a petición del príncipe heredero, Mohamed Bin Salman. Hariri estuvo 18 días sin pisar tierra libanesa. Más de dos semanas que los libaneses vivieron entre el surrealismo y la preocupación

Oriol Andrés Gallart • 4/12/2017 • Global Rights • 59 Viste

Beirut (Líbano)

@oriolandres

Una foto. Un momento, aparentemente banal. Una escena, pero, que podría haber desencadenado el inicio de la enésima crisis regional en Oriente Medio.

 

La foto en cuestión muestra a Saad Hariri, primer ministro libanés, sonriente, recibiendo a una delegación iraní encabezada por Ali Akbar Velayati, máximo consejero en temas de Exteriores del Líder Supremo de Irán, Ali Khamenei, el pasado 03 de noviembre en el palacio de gobierno en Beirut.

 

La nota de prensa distribuida por la oficina de Hariri daba testimonio de una reunión cordial y relajada. Y recogía las siguientes declaraciones de Velayati: “Felicitamos al primer ministro Hariri, al gobierno y al pueblo por sus recientes victorias frente a las fuerzas terroristas y esperamos ver más éxitos. La formación de una coalición de gobierno entre los bloques 14 de Marzo y 8 de Marzo es una victoria, un gran éxito y una bendición para los libaneses”.

 

Horas después de la reunión, Hariri volaba para Arabia Saudí a petición del príncipe heredero, Mohamed Bin Salman (MBS). En principio estaba previsto que fuera un viaje relámpago, aseguraron posteriormente los asesores del premier libanés. Pero al final, Hariri estuvo 18 días sin pisar tierra libanesa. Más de dos semanas que los libaneses vivieron entre el surrealismo y la preocupación.

 

Los hechos se precipitaron la tarde del sábado 04 de noviembre. Pocas horas después de aterrizar en Ryad, Hariri, visiblemente nervioso, aparecía en el canal de televisión saudí Al Arabiya para anunciar su dimisión como primer ministro, en un mensaje en qué acusaba Irán y su aliado libanés, Hezbollah, de provocar caos, conflictos y destrucción en la región. En su discurso desde Ryad, Hariri -quien tiene también nacionalidad saudí y cuyo padre hizo su fortuna en dicho país- hablaba también de la existencia de un plan para atentar contra su vida en Líbano.

 

La primera reacción de los libaneses fue de sorpresa. Nadie se lo esperaba. Y de miedo. La dimisión de Hariri y sobretodo su agresivo tono contra Hezbollah hacía temer el inicio de una nueva ronda de violencia sectaria en Líbano, un país con demasiada experiencia en ello. Había un riesgo real que las palabras del  premier fueran instrumentalizadas para inflamar los ánimos de la parte más desfavorecida de la comunidad musulmana suní, resentida por el creciente poder político y militar de Hezbollah, de confesión musulmán chiita. Un conflicto que, de escalar, hubiera podido tener repercusiones regionales.

 

Líbano basa su existencia en un frágil equilibrio de poder entre las distintas comunidades de carácter identitario religioso. En total, hay 18 confesiones reconocidas en la Constitución, y las tres mayoritarias se reparten las principales posiciones de poder. Así, en virtud de un acuerdo no oficial, el presidente tiene que ser un cristiano maronita; el primer ministro, un musulmán suní; y el presidente del parlamento, un musulmán chiita. Los grandes partidos que representan dichas  comunidades cuentan además con padrinos internacionales, que siempre han interferido en la política libanesa. El valedor de Hezbollah es Irán; mientras que el del partido Futuro, suní y liderado por los Hariri, ha sido históricamente Arabia Saudí.

 

Es por ello que la aritmética para designar los cargos políticos en Líbano ha sido siempre complicada, más en un contexto regional de polarización entre las dos grandes potencias mencionadas, especialmente a raíz de la guerra de Siria. Este conflicto ha exacerbado las diferencias entre bloques, ya que mientras Hezbollah y sus aliados -coalición de partidos 8 de Marzo- han apoyado al régimen de Bashar Al Assad; Hariri y sus socios -coalición 14 de Marzo- se ha alineado con los opositores.

 

A modo de ejemplo, antes que Michel Aoun fuera elegido presidente en Octubre de 2016, Líbano vivió dos años de vacío presidencial, porque ambos bloque no se ponían de acuerdo en un candidato. A cambio de escoger a Aoun, próximo al eje Irán-Siria-Hezbollah, se acordó poner de primer ministro a Saad Hariri, bajo tutela saudí. Por supuesto, Hezbollah consiguió diversos ministerios. Se consideraba alcanzado un equilibrio entre un Irán que ostentaba un mayor poder militar el país y una Arabia Saudí que mantenía un gran poder económico en Líbano. Pero un año después, la dimisión de Hariri ha puesto de nuevo el país al borde del abismo.

 

Un giro táctico

 

“Mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aun más cerca”, escribía Sun Tzu en su manual “El arte de la guerra”, por allá el año 500 a.C. Parece que esta fue la máxima que ha guiado los pasos de Hezbollah y el presidente Aoun tras el anuncio de dimisión. El hecho que este se hubiera llevado a cabo desde Ryad, con un discurso tan incendiario contra Irán, de manera inesperada incluso para sus allegados, y sin fecha de regreso, enseguida evidenció que a Hariri le habían hecho dimitir. No costó demasiado a los líderes del bloque pro-sirio reconducir el relato, convirtiendo lo que amenazaba con ser una crisis de país en una afrenta a la soberanía nacional. “Estamos contigo”, “Queremos nuestro primer ministro de vuelta”, “Esperándote” rezaban los carteles con la cara de Hariri colgados en todas las farolas de la ciudad y -según periodistas locales- pagadas por los partidos opositores al primer ministro. Barrio en los cuales siempre se había demonizado a Hariri, rebozaban de pósters pidiendo su liberación. Mientras, las bizarras apariciones de Hariri desde Ryad no hacían más que confirmar la anormalidad de la situación y los medios locales e internacionales detallaban los pasos dados por el premier durante lo que muchos pasaron a llamar “secuestro”.

 

Pero ¿por qué Arabia Saudí podía haber orquestado tal maniobra?

 

En el último año, Irán y sus aliados han culminado importantes victorias militares en Iraq, con la derrota de Estado Islámico, y en Siria, donde el régimen de Assad va camino de derrotar sus opositores. Por el contrario, la actuación de Arabia Saudí en Yemen, ha causado una crisis humanitaria a gran escala y no ha conseguido ninguno de los resultados deseados. A su vez, el asedio a Qatar tampoco ha logrado doblegar a la monarquía del Golfo más díscola con la línea marcada por los saudíes. En cambio, ha fortalecido la las relaciones qataríes con Irán y Turquía, alejándola de su órbita. La balanza diplomática y militar entre los dos rivales se decanta en favor del régimen de los ayatolás.

 

Ambas han sido iniciativas del príncipe heredero MBS, quien a sus 32 años, aspira a convertirse pronto en un monarca con ínfulas de estadista. La percepción que también en Líbano estaba perdiendo la batalla por la influencia, representada en la foto mencionada, podría estar detrás de la decisión de hacer dimitir a Hariri, blando a su parecer con Hezbollah, que le presionaba para acercarse diplomáticamente al régimen sirio. Demasiada realpolitik para la testosterona del príncipe heredero saudí.

 

Pero de nuevo, MBS falló en sus cálculos. A nivel interno, su tentativa de sustituir a Saad en el liderazgo del Islam suní político por su hermano mayor Bahaa, presuntamente de línea más crítica con Hezbollah, fracasó, y muchos miembros del partido Futuro se negaron a rendirle respeto. Pero además, el nuevo eje saudí–israelí que Donald Trump había inaugurado en su visita el pasado mes de mayo a la región no ha dado los frutos que MBS esperaba. Israel no remató el trabajo con una escalada de su retórica bélica contra Hezbollah. Su respuesta fue tibia. No era el momento de una nueva guerra, advirtieron los mandos militares y de inteligencia a Netanyahu.

 

A nivel externo, ni Estados Unidos (escarmentados por el fracaso en Qatar) ni Europa estaban dispuestos a permitir el hundimiento de Líbano. Francia -antigua metrópoli y sempiterna protectora de los cristianos del país- puso a trabajar su maquinaria diplomática a todo tren para solucionar la crisis sin cristales rotos, con implicación directa del presidente, Emmanuel Macron. Como escribían Sami Atallah and Nancy Ezzeddine, del Lebanese Center for Policy Studies, “la estabilidad de Líbano era demasiado importante para europeos y estadounidenses para dejar que el tema de Hariri quedara como un asunto interno Saudí. Para ellos, la caída del gobierno libanés debido a una ‘influencia iraní excesiva’ y las repercusiones políticas y de seguridad que podía conllevar resultaban inaceptables, especialmente porque Líbano se enfrenta a una serie de desafíos, incluidos los efectos de la guerra en Siria, y la crisis de refugiados”. Hay más de un millón de ciudadanos sirios refugiados en el país.

 

Con la mediación de Macron, Hariri volvía ovacionado en Líbano el simbólico Día de la Independencia, tras una gira que le había llevado a París y a Cairo, para reunirse con el presidente francés y el general Abdel Fattah al-Sisi respectivamente.

 

Ese mismo día, anunció que posponía su dimisión sine die y recuperó un tono más suave con sus socios de gobierno chiitas y con Irán. A cambio, para contentar a los saudíes, Aoun prometió abrir una mesa de diálogo sobre la política de inferencia de Líbano (entiéndase Hezbollah) en la región (entiéndase conflictos de Siria, Iraq y Yemen). En un discurso más conciliador, el líder de Hezbollah Hassan Nasrallah, aseguró que sus combatientes regresarán a casa una vez acabada la guerra contra Estado Islámico. Además, negó ninguna implicación de sus fuerzas militares en Yemen. En medio, un nuevo pacto de estabilidad para el gobierno está siendo cocinado.

 

¿Es pues el final del a crisis libanesa? Es posible que MBS -que durante este mismo periodo llevó a cabo una arriesgada purga interna de las elites saudíes- asumiera que se le fue de las manos la situación y aceptara la solución de perfil discreto ofrecida por Francia. Pero puede ser también que se trate sólo de una tregua. Los libaneses siguen con el miedo en el cuerpo, temerosos que los saudíes apliquen sanciones económicas al país. Más allá de las inversiones y ayudas que Líbano recibe provenientes de Arabia Saudí, la preocupación es que se obligue a regresar a casa a los 400.000 ciudadanos libaneses que trabajan en el Golfo, cuyos 2.500 millones de dólares anuales en remesas son un sustento vital para la maltrecha economía libanesa.

 

Sea como sea, y pese a la resiliencia y capacidad política mostrada por sus líderes durante la actual crisis, el destino de Líbano sigue en manos de potencias extranjeras, el pequeño país levantino es como una balsa de madera que navega a merced de las olas.

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