Campaña Simón Libertad

La Campaña Internacional SIMÓN LIBERTAD es una iniciativa humanitaria, carácter amplio,  que busca  la repatriación y libertad de SIMÓN

Gabriel Ángel • 17/7/2020 • Talking Peace • 347 Viste

La Campaña Internacional SIMÓN LIBERTAD es una iniciativa humanitaria, carácter amplio,  que busca  la repatriación y libertad de SIMÓN TRINIDAD y a través de su causa la visibilización y libertad de todas y todos los prisioneros políticos  que aún permanecen en las cárceles colombianas.

Ricardo Palmera Pineda, quien en las filas insurgentes de las FARC-EP adoptó el nombre de SIMÓN TRINIDAD, desempeñó mayormente labores políticas e ideológicas, entre ellas como negociador de paz.

SIMÓN TRINIDAD detenido en el 2004, fue extraditado ilegalmente a los EEUU y condenado a 60 años con falsos cargos. Ha permanecido 15 años en la prisión subterránea de Florence, Colorado conocida como ADX o la ¨súpermax¨ por su especial dureza, más de 11 años en confinamiento solitario y condiciones extremas que vulneran sus derechos humanos.

Desde la Campaña SIMÓN LIBERTAD compartimos la siguiente semblanza del luchador revolucionario Ricardo Palmera – Simón Trinidad y convocamos a las personas solidarias del mundo a sumarse a la misma demandando su repatriación y libertad.

Breve semblanza del Simón que conocí

Por Gabriel Ángel

Uno escucha hablar de las personas sin imaginar cuánto llegarán a influenciar su vida. Recuerdo por ejemplo que siendo muy niño oí hablar de Manuel Marulanda Vélez en casa de mis padres. Un nombre muy sonoro, sin duda, de esos que se quedan grabados en la mente. Se referían a él como el comandante de un nuevo grupo guerrillero que se había organizado en el sur del departamento del Tolima. Su vida, en apariencia, nada tenía en común con la mía.

Unos treinta y cinco años después lo conocería en persona, cuando llevaba yo trece años en las filas de las FARC. Ocurrió en la zona de despeje del Caguán, adonde llegué a hacer parte de la Comisión Temática que funcionó adjunta a la Mesa de Diálogos en ese proceso de paz. Para entonces Manuel Marulanda era objeto de mi mayor respeto y admiración. Sencillamente nuestras vidas se cruzaron por cuenta de su actividad revolucionaria, que terminó por atraerme con fuerza inaudita.

Algo semejante ocurrió con Simón Trinidad, con quien también cruzamos nuestros destinos por cuenta de la poderosa atracción que ejerce la causa de los pueblos. Yo era un abogado bogotano, graduado en la Universidad Nacional, que había ido a parar a la costa por obra del amor hacia una linda muchacha vallenata con quien terminé casándome. Él era un economista, titulado en la universidad Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, que ejercía como gerente bancario.

Tenía nueve años más que yo, que ejercía como abogado litigante en la ciudad de Valledupar. Mi socio de oficina, militante del partido comunista, fue quien me habló por primera vez de él. Solíamos intercambiar de política y comentábamos con frecuencia del proceso de paz que las FARC celebraban con el gobierno en La Uribe, Meta. Era el año 1984. En alguna de nuestras conversaciones salió a relucir el nombre de Ricardo Palmera.

Un hombre singular, muy interesante, en opinión de mi socio. Era profesor en la Universidad Popular del Cesar, donde dictaba la cátedra de Economía, con un evidente enfoque marxista. Esto pese a que su familia era acomodada, pues era hijo del doctor Ovidio Palmera, un abogado liberal de reconocida trayectoria en la ciudad. Ricardo era un intelectual de izquierda, que paradójicamente ejercía como gerente del Banco del Comercio.

Contaba en su historia una detención por razones políticas. Había ocurrido unos años antes, durante el gobierno de Turbay Ayala, como consecuencia del Estatuto de Seguridad que dictó este presidente, para perseguir al movimiento popular. Ricardo había sido detenido y conducido a Barranquilla, a la segunda brigada del Ejército, donde lo habían torturado sin piedad. Finalmente liberado, había regresado a Valledupar, al lado de su familia.

Un año más tarde, ese mismo socio me presentó ante un grupo de profesionales de izquierda que pretendían fundar un movimiento alternativo. Se llamaría Movimiento Cívico Popular Causa Común. Me encantaron las ideas de estas personas, al igual que los postulados de su propuesta política. Nunca vi en una de sus reuniones a Ricardo Palmera, pero recuerdo bien que su nombre era citado con frecuencia, como un simpatizante y colaborador de buena voluntad.

Para esos días había aparecido también en el panorama nacional la propuesta de la Unión Patriótica, y viajamos a Pueblo Bello, un corregimiento de Valledupar en la Sierra Nevada, al lanzamiento público de la UP, que realizó el comandante Adán Izquierdo, jefe del 19 Frente de las FARC. Mucha gente de Valledupar asistió al acto, donde por primera vez vi cantar a Julián Conrado, un guerrillero que componía e interpretaba temas de inspiración rebelde.

Entonces surgió la idea de que Causa Común se adhiriera a la Unión Patriótica, lo que generó un debate interno en aquella. Ante la decisión afirmativa, algunos de los compañeros se retiraron del movimiento. Los que seguimos continuamos con más entusiasmo. Hacíamos activismo en los barrios de Valledupar y en varios municipios del departamento. Subíamos a la sierra del Perijá a fundar Juntas Patrióticas en sus corregimientos.

En esa actividad me invitaron a una cena en el Club Valledupar, el sitio más exclusivo de la ciudad. Allí conocí a Ricardo Palmera, de unos treinta y ocho años de edad. Tuve la impresión de que se trataba de un actor de cine. Un hombre muy apuesto, de contextura atlética, sonriente, profundamente revolucionario en sus ideas, de carisma y simpatía singulares. Conversando con él me percaté de su cultura literaria, filosófica y musical. Todo un personaje.

A partir de entonces nos hicimos buenos amigos, tanto como para hacernos compadres. Lo visitaba con frecuencia en su oficina del banco, donde interrumpía sus labores para dialogar amenamente conmigo sobre la política nacional y local. Siempre me pareció un tipo brillante, que tenía todo el interés en afilar mis ideas. Cuando el exterminio de la Unión Patriótica se hizo una realidad, me atreví a comentarle mi intención de irme a la guerrilla para salvar mi vida.

Me apoyó con franca emoción. Para mí su opinión era muy importante. La guerrilla envió un contacto para que hablara conmigo. Debo confesar que su mensaje fue por completo desalentador. Prácticamente me dijo que yo no servía para eso, que lo mejor que podía hacer era irme para Bogotá a iniciar una nueva vida, olvidándome de todo. Me pareció increíble que esa fuera la respuesta de las FARC ante mi manifestación de querer ingresar a sus filas.

Años después aprendería que las FARC no alentaban a nadie a hacer parte de ellas. Quien lo hiciera era porque había tomado su propia decisión, bien pensada y sopesada. Por eso juzgo como infames las acusaciones que se le hacen de reclutamientos forzosos. Si a quien pedía ingreso, como yo, un abogado de 28 años, sano, militante de izquierda, dispuesto a luchar hasta la muerte, le decían que mejor no lo hiciera, mucho menos iban a estar ingresando obligada a la gente.

Acudí desconcertado a la oficina de Ricardo, a quien conté lo que me habían dicho. El principal argumento había sido mi origen citadino. La vida en la montaña era demasiado dura, exigente al máximo, implicaba enormes sacrificios y privaciones. Recuerdo que él me dijo que eso podía ser cierto, pero que un hombre como yo poseía las ideas, la fuerza de voluntad invencible que nacía de ellas, que esa sería la fuente de mi capacidad para superar todas las dificultades.

Con sus palabras de aliento como estimulante, tomé la decisión de insistir en mi ingreso. Fue así como por fin me comunicaron dónde debía presentarme. Mi primera unidad fue la compañía del Cesar, por la serranía de María Angola, río Diluvio arriba, hasta Nuevo Colón y el río Ariguaní. A los tres meses me comunicaron que me habían mandado a llamar de la Comandancia del Frente, por los lados de Ciénaga, Magdalena, en la vertiente occidental de la Sierra.

Cuando tras una penosa marcha llegué exhausto al campamento central, me encontré a Ricardo Palmera, quien había tomado también la decisión de marcharse a la guerrilla, temiendo por su vida en medio de la peligrosa situación que se vivía en el país, y particularmente en el Cesar, en donde ya nos habían asesinado a Toño Quiroz, concejal de Becerril, y al abogado José Francisco Ramírez Torres. En Santa Marta había caído Marcos Sánchez Castellón, dirigente amigo.

Ahora se llamaba Federico, seguramente en memoria de Federico Engels, a quien admiraba profundamente. Mi alegría fue inmensa, mi compadre y gran amigo se había unido también a la lucha. Lo que la dirección había considerado, era reunir a todos los ingresos para dictar un curso básico. Allí nos reunimos unos 30 nuevos. El curso que hicimos tuvo una característica especial, quizás nunca vivida en el Frente. Nosotros éramos alumnos, como los demás.

Pero también hacíamos de instructores en la parte política, Federico enseñaba economía y a mí me correspondió la educación en historia de Colombia y filosofía. Conocimos mucha gente interesante en ese curso. Aparte de la dirección del Frente, en la escuela estuvo Domingo Biojó, y Sánchez, cuya historia novelaría yo años después en mi novela A Quemarropa. Después del curso estuvimos unos meses en la serranía del Perijá, hasta que a Federico lo volvieron a llamar a la dirección.

Cuando volví al campamento general, me enteré de que Federico había sido enviado al Sumapaz, a cumplir alguna tarea ante el Secretariado. Esperé su regreso con verdadera ansiedad. Fue una revelación para mí todo cuanto me describió acerca de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, así como de la vida de la guerrilla allá y sus conversaciones políticas con los jefes. No había duda  de que lo consideraban de manera especial. Creo que en ese año volvió a ir allá otra vez.

A fines del año 88 perdí mis gafas, así que la dirección determinó que mientras podía salir a la ciudad a mandármelas hacer, debía quedarme en un campamento cumpliendo una tarea especial. La mayoría de la gente partió a cumplir la toma del puesto de policía de Minca, un corregimiento de Santa Marta. Entre ellos Federico. Algo había pasado en los meses anteriores. Un guerrillero capturado se había vuelto colaborador del Ejército y revelado cuanto sabía.

Por ello sobrevino la orden de que todos debíamos cambiarnos nuestros seudónimos. A partir de entonces me llamé Gabriel, mientras que Federico eligió el nombre de Simón Trinidad. Para esa época éramos fervientes lectores de cuanto libro sobre Simón Bolívar caía en nuestras manos. Ricardo, o Federico, se inclinó por elegir dos de los cinco nombres de El Libertador. Sin imaginar que ese nombre habría de resonar un día en todo el país y gran parte del mundo.

Tras la toma de Minca se cumplió una orientación llegada meses atrás del Secretariado. El Frente se desdobló y un número exacto a la mitad de los integrantes salió para la serranía del Perijá a fundar el Frente 41. Simón iba dentro del personal seleccionado para la nueva unidad. Y lo habían elegido para que reforzara políticamente su dirección. Entiendo que fue designado como miembro suplente de su Estado Mayor, lo que en realidad equivalía a participar en todas sus reuniones y decisiones.

Nos despedimos con mucho pesar. Yo permanecí cuatro años más en la Sierra Nevada de Santa Marta, en un frente ya consolidado, mientras Simón vivía con sus camaradas la experiencia de fundar un frente, en un terreno mucho más difícil para la lucha guerrillera. La arremetida del Ejército fue casi inmediata. Alguien tuvo la idea de que Simón revelara su militancia guerrillera en un diario de amplia circulación en la costa, lo cual le generó una publicidad perjudicial.

Por haber sido gerente de un banco y además miembro de la clase alta de Valledupar, esa misma clase consideró que él era el principal responsable de todo cuanto acontecía en el departamento del Cesar en materia de orden público. No hubo acción militar, secuestro o extorsión que no le imputaran, al tiempo que surgieron leyendas como que él había desfalcado el banco antes de irse a filas, una acusación completamente falsa y malintencionada que sin embargo hizo carrera.

Simón nunca alcanzó el puesto de Comandante del Frente 41, ni tampoco llegó a ser Comandante del Bloque Caribe, como se especuló tantas veces por los medios de comunicación de la costa. Hizo parte de esos Estados Mayores, cumpliendo fundamentalmente el papel de cuadro político e ideológico, educador de combatientes y relacionista público. Pese a ello fue considerado por las clases altas de Valledupar como su principal enemigo.

Pasarían doce años para que volviéramos a encontrarnos. En la primera etapa de las conversaciones del Caguán Simón fue enviado allá a integrar la Comisión Temática. Meses después me enviaron a mí, que por entonces ya llevaba ocho años en el Magdalena Medio. Fue en marzo del año 2000 cuando pudimos estrecharnos en un abrazo afectuoso, en el campamento del camarada Raúl Reyes, donde estaba concentrado todo el equipo de las FARC en los diálogos.

A Simón lo habían designado recientemente como integrante de la comisión de diálogo de nuestra organización, y estaba acompañado por Lucero Palmera, la compañera que le robó el corazón en el Perijá. Una mujer hermosa y supremamente inteligente, que le había dado una niña preciosa que pude conocer unos meses después cuando estuvo de visita en Los Pozos. Creo que en esa designación para la Mesa contó sobremanera la personalidad de Simón.

Un hombre maduro que rozaba el medio siglo de vida, amigo de dialogar y buscar acuerdos, de una firmeza ideológica inamovible, con gran carisma y una capacidad extraordinaria de comunicar. Para entonces había perdido buena parte del cabello en la parte delantera de su cabeza, lo cual lo había llevado a raparse del todo, luciendo una testa redonda y brillante. Su porte y seguridad le conferían el aspecto de un gran jefe militar y político.

Fueron los medios de comunicación los que fundados en esas cualidades empezaron a atribuirle cargos y responsabilidades que en realidad no tenía. Simón era un cuadro, una palabra que en las FARC tenía una connotación especial, alguien con excelentes condiciones ideológicas y políticas que resultaban muy útiles para la organización en determinados espacios. Un guerrillero a quien se respetaba y apreciaba, que podía tener importantes destinos.

Pero que no lo hacía integrante de su Estado Mayor Central ni menos del Secretariado de este. Como saltaba a la vista, servía para designarlo vocero en la Mesa de Diálogos, una enorme responsabilidad que otros mandos de dirección no estaban en capacidad de asumir con similar efectividad. Las repetidas entrevistas de Simón a los medios y la leyenda que le habían creado en el Cesar sirvieron para alimentar el mito de un gran jefe nacional de las FARC-EP.

Si algo caracterizaba a Simón era precisamente el hecho de tomarse en serio la tarea que le asignaran, fuera esta la que fuera. Recuerdo que tras el lanzamiento del Movimiento Bolivariano en San Vicente, el camarada Jorge Briceño lo encargó del aseo del lugar donde habían concurrido más de treinta mil personas. Simón se apersonó con tal pasión de la misión y dirigió tan bien al grupo designado a la tarea, que al día siguiente era imposible hallar el menor rastro de la multitud.

Fueron casi diarias las ocasiones en que intercambié con Simón sobre muchas de las situaciones y circunstancias que rodeaban el proceso de paz del Caguán y nuestra vida colectiva. A fines del año 2000, tras un viaje al exterior del camarada Raúl, todo el equipo de los diálogos pasamos a depender directamente del camarada Jorge, quien nos instaló con las comodidades necesarias para nuestro trabajo en su campamento central en el Yarí.

Diariamente viajábamos hasta Los Pozos y en la noche volvíamos al campamento. Nuestras vidas se llenaron de reuniones, entrevistas, audiencias públicas, bailes, lecturas y preparación de documentos, integrando un gran equipo en función de la paz. Hubo momentos duros, como los congelamientos ordenados por Manuel Marulanda. Y otros aún más difíciles como los amagos de ruptura de las conversaciones y luego la cancelación de los diálogos por el Presidente.

Todo eso lo pasamos juntos, comentándolo una y otra vez. Rotas las conversaciones nos volvimos a encontrar en el área del 40 Frente, donde el Ejército desató la Operación que llamó Tánatos, supuestamente encaminada a recuperar la zona de despeja y aniquilar a las FARC. Allí vivimos los bombardeos, ametrallamientos y desembarcos de tropa en grandes cantidades. La guerra que se desató como un huracán nos sorprendió en el ojo del mismo.

Hasta que el camarada Jorge, a quien todos llamábamos cariñosamente El Mono, ordenó recogernos para su unidad, por entonces acampada en la región del Yarí, por los alrededores de Caño Lobos, en los límites del Caquetá y el Guaviare. Allí nos dedicaron a la instrucción ideológica y política de las distintas unidades, por lo regular compañías móviles de combate. Hasta que comenzaron los combates de la guerra más desconocida por el país, el Plan Patriota.

La tropa partió del municipio de La Macarena hacia el occidente y el sur, al tiempo que otra parte salió de San Vicente hacia el oriente y el sur. Los aviones bombardeaban y ametrallaban a diario, cubriendo el avance de las gigantescas patrullas de soldados profesionales. A finales del 2003, Simón, Lucero y otros mandos y cuadros recibieron la orden de trasladarse al Bloque Sur. Allá iban Julián Conrado y Domingo Biojó, entre otros mandos y cuadros.

Volvimos a despedirnos con enorme nostalgia. Una guerra de grandes proporciones se dirigía hacia nosotros y al darnos el abrazo de despedida nos deseamos suerte. Eso sucedió en el mes de noviembre. A comienzos de ese año, había sido derribada en el bloque sur una avioneta tripulada por contratistas norteamericanos. Tres de ellos quedaron en poder de las FARC. Simón se hallaba con nosotros, a centenares de kilómetros, nada tuvo que ver con ese hecho.

Del que incluso comentamos muchas veces en la sesión de noticias de las horas culturales. Jamás imaginamos, porque la sola idea resultaba absurda, que algún día Simón fuera acusado del secuestro de esos tres contratistas, e incluso condenado a sesenta años por ello. En los primeros días del año 2004 escuchamos por la radio la noticia de la detención de Simón en Quito. No teníamos idea de que se encontraba allá, tampoco de la tarea que cumplía.

Las FARC fueron siempre una organización rigurosamente compartimentada, ninguno tenía por qué saber nada más que lo necesario para cumplir la misión asignada. Nadie preguntaba por la misión de los otros, ni se enteraba por lo regular de ella. Recuerdo cómo nos golpeó la noticia del traslado de Simón a Bogotá y luego a la prisión de Cómbita. Peor aún el ofrecimiento de su extradición a USA por parte de Uribe. Los gringos no lo pedían, no había ningún cargo contra él.

Pero la bajeza del Presidente colombiano daba para todo. Un montaje, cargos falsos por narcotráfico y terrorismo, testigos improvisados con versiones interesadas y programadas previamente. Hasta que lo entregó el último día del año a los norteamericanos. Para su sorpresa, ninguna Corte estadounidense pudo condenar a Simón por los delitos imputados. Hasta que le inventaron la conspiración para secuestrar los tres contratistas.

Condena despreciable, fundada en las necesidades políticas de los gobiernos norteamericano y colombiano. Sin el menor fundamento en la verdad. Obtenida con toda clase de presiones contra los jurados de conciencia. Retenemos en la mente la imagen de Simón gritando vivas a Bolívar y las FARC cuando descendió del avión en Bogotá. Por eso su salida fue organizada secretamente, para que la prensa no fuera dar cuenta de su valor y su sentido de la dignidad.

Son quince los años que cumple Simón Trinidad en una prisión bajo tierra. La más segura del imperio. Adonde sólo van a parar los peores criminales. Allí recibió toda la información del proceso de paz de La Habana y los Acuerdos firmados. Su mensaje fue claro, no quería que su libertad fuera un obstáculo que impidiera la firma de la paz. Firmó sí su compromiso de dejar las armas y someterse a la JEP. Por ese solo hecho debía haber sido repatriado al país.

Y aquí debería ser puesto en libertad inmediata. Lo sabemos encerrado en una celda de dos metros de ancho por tres de largo, con luces blancas encendidas todo el tiempo, sin poder saber cuándo es día y cuándo es noche. Encadenado de pies y manos para cualquier diligencia judicial. No lograron enloquecerlo, ni mucho menos derrotar su invencible fuerza de voluntad. En sus escasos mensajes habla de perseverar en la lucha. Simón Trinidad, Simón Dignidad, te esperamos.

Bogotá, julio de 2020

Información de la Campaña Simón Libertad:

www.SIMONLIBERTAD.com

Facebook: Campaña Simón Libertad

Twitter: @SimónEnLibertad

E-Mail: contactosimonlibertad@gmail.com

 

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